Todos corríamos sin tener claro hacia donde íbamos, agitados, queriendo todo de inmediato, devorando sensaciones y experiencias cuando en medio de esta gran maratón mundial, la activación del estado de alerta por el Covid-19 obligó al mundo a empezar a detenerse.

Al principio, parecía que diferentes países comenzaban a caminar en cámara lenta mientras nosotros seguíamos corriendo con la fantasía que no nos iba a llegar. Pero el 20 de marzo, sonó nuestra alarma, el país se detuvo y todos tuvimos que prepararnos para enfrentar una etapa sin precedente.

El aislamiento social, preventivo y obligatorio golpeó nuestras puertas y nos enfrentó a un doble desafío: por un lado, hacerle frente a un monstruo invisible y por otro, a un cambio de hábitos, costumbres y una readaptación de nuestras relaciones con nosotros mismos y con los otros.

“Quédate en casa” invadía nuestras vistas pero también nuestras emociones. Reacciones de estrés, ansiedad, irritabilidad, nerviosismo, confusión, tristeza y miedo nos invadían. Corríamos sin saber hacia donde, pero ahora debíamos detenernos sin tener claro por qué ni para qué.

De repente, la falta de libertad, el temor a la pérdida de un ser querido, las consecuencias del aislamiento social, el miedo a contagiarse, el efecto de semanas sin ver a la familia y los amigos, el incremento en las tareas domésticas y de responsabilidad familiar, la angustia por los problemas económicos, la incertidumbre y la desinformación o sobreinformación, fueron las causas de nuestro volcán interior en erupción.

 

 

 

Carl G. Jung nos decía: “Lo que negamos nos somete; lo que aceptamos nos transforma”. ¿Qué riesgo corremos de negar?, ¿qué debemos aceptar?, algo tan profundo y complejo como es la realidad. Creo fervientemente que las crisis son oportunidades, porque una crisis implica algo que se rompe, y al romperse, deja una abertura para salir de donde estamos e ir a otro lugar.

Estoy convencida que esta pandemia nos enseña que debemos a aceptar la realidad y las emociones que nos generan las diferentes experiencias que vivimos. El aislamiento nos lleva a conectarnos con nosotros mismos, nos invita a detenernos, ser conscientes de lo que sentimos y decidir qué hacer con eso. Si logramos madurar y liberar nuestros miedos y angustias, en lugar de castigarnos o asustarnos, eso reflejará que hemos dado un gran paso.

Sin dudas, esto nos conduce a nuestro interior, al interior de nuestras relaciones, a reconocernos y compartir tiempo de calidad; a largas conversaciones; a mirarnos a través de una pantalla, pero percibiendo la emoción del otro; a salir a la calle con el tapabocas, pero mirándonos a los ojos; a empatizar más y a ser más solidarios.

Otra de la frase que escuchamos con mucha frecuencia es: “Al Covid lo vencemos entre todos”; y la verdad que no pierdo la esperanza que realmente sea así, que a la enfermedad le gane la salud, al miedo la confianza y a la violencia el amor. Debemos entender que “cuidarte, es cuidarnos”, eso significa que cada uno, somos todos.